Reducir costes en el campo no consiste simplemente en gastar menos. A veces, intentar ahorrar recortando agua, fertilizantes o tratamientos sin saber qué necesita realmente el cultivo acaba saliendo caro. La agricultura de precisión propone justo lo contrario: conocer mejor lo que está ocurriendo en la explotación para utilizar los recursos donde hacen falta y evitar gastos que no están aportando valor.

En CeresT trabajamos con esa idea como punto de partida. Antes de hablar de sensores, mapas o automatización, interesa responder a una pregunta mucho más sencilla: ¿en qué estamos gastando recursos y qué parte de ese gasto podríamos gestionar mejor?

El primer ahorro es saber dónde estamos gastando de más

En una explotación agrícola hay costes evidentes y otros que pasan bastante desapercibidos.

Agua, energía, fertilizantes, tratamientos, horas de trabajo, desplazamientos o utilización de maquinaria forman parte del día a día. El problema aparece cuando determinadas decisiones se repiten por costumbre sin saber si siguen siendo adecuadas.

Lo que no medimos resulta mucho más difícil de corregir.

Por ejemplo, una parcela puede recibir el mismo riego en zonas que tienen comportamientos de suelo diferentes. Otra puede mantener durante años una programación que ya no responde a las condiciones actuales del cultivo.

No significa que todo lo realizado hasta ahora esté mal. Significa que disponer de más información permite revisar decisiones que antes se tomaban con menos datos.

Regar más no siempre es regar mejor

El agua es uno de los puntos donde más claramente se entiende la agricultura de precisión.

Cuando el riego se programa de manera uniforme, existe el riesgo de aportar agua cuando no hace falta o de aplicar la misma cantidad a zonas que no se comportan igual.

Ahí entran herramientas como sensores de humedad, información meteorológica, características del suelo y sistemas de control.

El objetivo no es simplemente utilizar menos agua, sino utilizar mejor la necesaria.

Y hay otro coste que a veces olvidamos: mover agua consume energía.

Si reducimos riegos innecesarios, no solo estamos actuando sobre el consumo hídrico. También podemos reducir parte del gasto energético asociado al bombeo y al funcionamiento de la instalación.

En nuestra página sobre riego de precisión explicamos cómo analizamos instalaciones, suelo, clima y cultivo antes de diseñar o ajustar una estrategia de riego.

Evitar aplicar lo mismo en toda la parcela

Una finca puede parecer uniforme cuando la observamos desde la carretera, pero dentro de ella pueden existir diferencias importantes.

Cambios de suelo, humedad, desarrollo vegetativo o comportamiento del cultivo hacen que una misma actuación no tenga necesariamente el mismo sentido en todas partes.

La agricultura de precisión permite trabajar con mapas e información espacial para detectar esas diferencias.

Tratar toda la explotación como si fuera exactamente igual puede generar gasto donde no es necesario.

Esto tiene aplicaciones en riego, fertilización y determinadas actuaciones de manejo.

La idea es sencilla: antes de aplicar un recurso, disponer de información suficiente para decidir dónde, cuándo y en qué medida puede ser necesario.

No hablamos de eliminar el criterio del agricultor. Al contrario. Hablamos de darle más información para decidir.

Fertilizantes: aplicar por necesidad, no por inercia

El fertilizante representa otro coste importante dentro de muchas explotaciones.

Aplicarlo de forma generalizada cuando existen diferencias entre zonas puede provocar que algunas reciban más de lo necesario mientras otras no obtienen exactamente lo que requieren.

Los mapas de suelo, el historial de la parcela y los datos disponibles sobre el cultivo ayudan a construir una visión más precisa.

Una aplicación más ajustada puede evitar utilizar producto sin una razón agronómica suficiente.

Pero tampoco debemos convertir la agricultura de precisión en la idea simplista de “poner menos fertilizante”.

El objetivo es ajustar.

Puede haber lugares donde interese reducir una aplicación y otros donde la información indique una necesidad diferente. La tecnología sirve para distinguir esas situaciones, no para aplicar un recorte general.

El coste de llegar tarde a un problema

No todos los ahorros aparecen en una factura inmediata.

Detectar antes una anomalía también tiene valor económico.

La monitorización del cultivo, los datos climáticos, las imágenes y otras herramientas pueden ayudar a observar cambios que merecen atención.

Eso permite investigar qué está ocurriendo antes de que una incidencia avance.

Disponer antes de información amplía el margen para tomar decisiones.

No significa que un sensor o una imagen puedan diagnosticar por sí solos cualquier problema de cultivo. Los datos necesitan interpretación y contexto.

Pero sí pueden servir como señales que indican dónde debemos mirar con más atención.

Y recorrer una finca buscando un problema concreto no es lo mismo que hacerlo sin saber dónde puede encontrarse.

Menos desplazamientos para comprobar lo que puede monitorizarse

Quien gestiona varias parcelas conoce bien este escenario: desplazarse hasta una finca simplemente para comprobar si determinada instalación funciona correctamente.

Y hacerlo otra vez al día siguiente.

Parte de esas comprobaciones pueden simplificarse mediante monitorización y automatización.

Ahorrar tiempo también es reducir costes en el campo, especialmente cuando existen distancias importantes o numerosas instalaciones que supervisar.

Los sistemas conectados pueden proporcionar información sobre determinadas variables sin necesidad de estar físicamente en cada punto todo el tiempo.

Esto no elimina las visitas al terreno. El campo sigue necesitando presencia, observación y trabajo.

Lo que puede evitar son algunos desplazamientos cuyo único objetivo era comprobar algo que ahora podemos conocer de otra manera.

Automatizar no significa olvidarse de la explotación

A veces se habla de automatización como si consistiera en instalar un sistema y dejar que haga todo el trabajo.

No es así.

Un sistema automatizado sigue necesitando diseño, configuración, seguimiento y mantenimiento.

La diferencia está en que determinadas tareas repetitivas pueden gestionarse de una manera más eficiente.

Automatizar tiene sentido cuando libera tiempo sin hacernos perder control.

Por ejemplo, un sistema de riego puede funcionar según una estrategia definida y utilizar información disponible para ajustar su funcionamiento.

El agricultor continúa tomando decisiones. Lo que cambia es la cantidad de tareas manuales necesarias para ejecutar algunas de ellas.

No siempre hay que empezar de cero

Esta es una cuestión importante cuando hablamos de costes.

Implantar tecnología no debería significar automáticamente desechar todo lo que existe.

Dependiendo de la instalación y de su estado, puede ser posible integrar parte del equipamiento actual dentro de una solución nueva o evolucionar el sistema por fases.

Antes de invertir, hay que saber qué podemos aprovechar.

Ese análisis inicial puede ser tan importante como la propia tecnología que se instale después.

En CeresT partimos del estudio de los recursos disponibles, la explotación y los objetivos antes de plantear una solución.

Nuestra independencia de marcas nos permite además valorar diferentes tecnologías en función de lo que requiere cada proyecto, en lugar de intentar adaptar todas las explotaciones al mismo fabricante o sistema.

¿Hace falta llenar la finca de sensores?

No.

Más dispositivos no significan automáticamente más precisión.

Un sensor colocado en un punto que no representa correctamente lo que queremos estudiar puede aportar información poco útil. Y diez sensores que generan datos que después nadie analiza tampoco resuelven demasiado.

La tecnología debe responder a una pregunta concreta.

¿Queremos conocer cómo evoluciona la humedad?

¿Necesitamos comparar zonas?

¿Queremos controlar mejor el riego?

¿Buscamos generar un historial climático de la explotación?

Primero se define qué necesitamos conocer. Después se decide qué herramienta puede proporcionarnos esa información.

Ese orden evita invertir en tecnología simplemente porque está disponible.

Los datos históricos también tienen valor

Una de las ventajas de monitorizar una explotación es que la información no desaparece cuando termina el día.

Con el tiempo podemos construir un historial.

Clima, suelo, actuaciones realizadas, comportamiento del cultivo y producciones anteriores pueden ofrecer contexto para interpretar campañas posteriores.

Una decisión mejora cuando podemos compararla con lo que ocurrió anteriormente.

Esto resulta especialmente interesante en agricultura, donde dos campañas nunca son exactamente iguales.

No podemos controlar el clima, pero sí podemos mejorar la información con la que respondemos a él.

En nuestra sección de agricultura de precisión explicamos cómo combinamos mapas de suelo, vegetación y clima con información histórica y sistemas de monitorización para diseñar planes adaptados a cada explotación.

El ahorro tiene que superar el coste de la tecnología

Este punto parece obvio, pero merece decirse.

Una tecnología no es rentable simplemente porque sea moderna.

Hay que valorar cuánto cuesta implantarla, mantenerla y utilizarla, y qué problema económico pretende resolver.

Una inversión agrícola debería tener una justificación agronómica y económica.

Puede tener mucho sentido automatizar determinadas tareas en una explotación y muy poco desplegar el mismo sistema en otra con características completamente diferentes.

Por eso desconfiamos de las recetas universales.

Primero se analiza. Después se prioriza.

Quizá el mayor problema sea el riego. O el consumo energético. O la falta de información sobre determinadas zonas. O la cantidad de tiempo dedicada a comprobaciones manuales.

La tecnología debe empezar por aquello que tenga mayor impacto.

Agricultura de precisión no es gastar menos a cualquier precio

Hay una diferencia importante entre eficiencia y recorte.

Reducir indiscriminadamente agua, fertilizantes o labores puede poner en riesgo la explotación.

La agricultura de precisión busca algo bastante más inteligente: utilizar cada recurso con un criterio mejor informado.

En unas situaciones eso podrá traducirse en una reducción de consumo. En otras, en una distribución diferente. También puede servir para detectar un problema antes, ahorrar desplazamientos o tomar decisiones con mayor seguridad.

Lo importante es evaluar el resultado completo.

Cómo empezar sin convertirlo en un proyecto gigantesco

Para muchas explotaciones, la mejor manera de empezar no es digitalizar absolutamente todo.

Es escoger un problema.

Por ejemplo:

“Estoy gastando demasiada energía en riego”.

“No sé realmente cuándo necesita agua cada zona”.

“Hago demasiados desplazamientos para comprobar instalaciones”.

“Aplico de forma uniforme aunque sé que mi terreno cambia mucho”.

A partir de ahí podemos analizar qué información falta.

Un proyecto pequeño pero bien enfocado puede ser más útil que una gran implantación sin objetivos claros.

Si funciona, puede ampliarse posteriormente.

Esta forma de trabajar permite incorporar la agricultura de precisión de manera progresiva y entender qué valor aporta antes de seguir invirtiendo.

Convertir información en decisiones que tengan sentido

La agricultura de precisión no debería añadir complicaciones al trabajo diario.

Debería hacer algunas decisiones más sencillas.

En CeresT analizamos los recursos de cada explotación, el terreno, el cultivo y los objetivos antes de seleccionar herramientas de monitorización, control o gestión.

No partimos de una tecnología que haya que vender a toda costa. Partimos del problema que queremos resolver.

Esa diferencia resulta esencial cuando el objetivo es reducir costes en el campo sin comprometer la productividad de la explotación.

Agua, energía, insumos y tiempo tienen un valor. Cuanta más información tengamos sobre cómo los estamos utilizando, más posibilidades tendremos de detectar dónde existe margen de mejora.

La tecnología por sí sola no ahorra dinero. Lo hacen las mejores decisiones que podemos tomar gracias a ella.

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